Algunos Comentarios sobre la Transexualidad

Publicado originalmente en Diario Altavoz

En los últimos días han aparecido en Diario Altavoz una serie de artículos relacionados con la regulación de la transexualidad. Uno por Santiago Devoto, que argumentaba que era jurídicamente imposible regular el cambio de sexo en el Derecho peruano, y el otro por Adriana Tudela, que comparaba el caso de Caitlyn Jenner (una mujer transgénero) con el de Rachel Dolezal (una mujer que se hizo pasar como afro-americana por varios años) señalando que resultaba hipócrita decir que Caitlyn Jenner era libre de escoger su sexo, pero que Rachel Dolezal era una mentirosa por escoger su raza.

Debo ser honesto, los argumentos en los artículos -jurídicos y no jurídicos- me parecieron antojadizos, como si no hubiera nada más que una reacción personal al tema, una conclusión preestablecida, adornada por evidencias que la sustentan ex post facto. Por ello, me he permitido hacer esta respuesta con la esperanza de contribuir un poco a mejorar la calidad del debate que ambos artículos buscan iniciar.

Devoto argumenta que regular la transexualidad es imposible y, para ello, ofrece, al menos, tres razones: (i) porque no habría forma de anular el matrimonio entre una mujer transexual y un hombre, (ii) porque la transexualidad permitiría que las mujeres transexuales jueguen en equipos de fútbol para mujeres y (iii) porque nada impediría entonces que la gente “escoja” su edad, así como “escoge” su sexo.

Es realmente sorprendente para mí encontrar un argumento como el primero. Me sorprende la falta de investigación que lo sustenta, ya que no debería ser muy difícil para un abogado llegar al art. 277 inciso 5 del Código Civil que regula exactamente aquella situación que Devoto llama un “imposible”: la anulación de un matrimonio por error en la identidad física del contrayente. Aquí no hay misterio. La solución al dilema es que no hay tal dilema. El Derecho es claro, Devoto simplemente no lo encontró (o no quiso buscarlo).

Luego está el tema de los equipos de mujeres. Aquí la cuestión requiere un poco más de investigación, pero, al igual que con el caso del Código Civil, no toma mucho tiempo llegar al Consenso de Estocolmo, un documento que Devoto pasa enteramente por alto en su ejemplo, pero que también hace frente y resuelve la exacta situación que él llama un “imposible”: bajo ciertas condiciones las mujeres transexuales pueden, en efecto, participar en equipos de mujeres en los Juegos Olímpicos desde 2003 y, pues, el mundo aún sigue girando.

El tercer argumento es uno de corte científico, y es aquí donde los argumentos de Devoto y Tudela se entremezclan. Ambos parten de la idea de que la identidad de género es un concepto comparable a otros como la edad o la raza y que si permitimos que se cambie uno, debemos permitir que se cambien los otros; y como la solución es irrazonable para estos, entonces debe prohibirse para aquella también.

No soy ni antropólogo ni genetista, así que no pretenderé profundizar mucho en este tema, pero estoy lo suficientemente informado en estos temas como para creer que puedo refutar las generalizaciones de Devoto y Tudela, no sin antes alzar mi preocupación por la absoluta carencia de sustento científico en sus afirmaciones; ni una sola cita, ni una mención a un antropólogo o genetista, ni un nombre más allá del de dos abogados y muchos silogismos sin sustento.

Empecemos por definir el sexo. De acuerdo con la Dra. Katrina Karkazis, Profesora de Bioética en la Universidad de Stanford, y la Dra. Alice Dreger, bioeticista de la Universidad de Northwestern, el sexo no es ni genética ni biológicamente binario. Existen genes que harán que una persona XX sea hombre y otros que harán que una persona XY sea mujer. De la misma forma, la innegable existencia de la intersexualidad imposibilita que se pueda catalogar los órganos reproductores de todos los seres humanos únicamente en dos categorías.

De esta forma, el sexo responde al problema de una taxonomía deficiente (“hemos dicho que hay dos sexos cuando en realidad hay más de dos”). En el caso de la edad, en cambio, hemos dicho que hay un año por cada vuelta que da la Tierra al Sol y, por ende, no existen discrepancias posibles entre la edad que “siente” una persona con la que “tiene”. La definición responde al fenómeno físico y el fenómeno físico responde a la definición. Distinto será, sin embargo, el día en que realicemos viajes interplanetarios ¿Cuántos años le añadimos a Matthew McConaughey en Interstellar? ¿Los años que él vivió en la nave espacial? ¿O los que nosotros vivimos aquí en la Tierra? Ahí, al menos, la comparación de Devoto tendría un mínimo de sustento técnico. Tal como está expresada, sin embargo, la comparación deviene en un absoluto sinsentido.

Algo similar sucede con la raza. Los genetistas de la Universidad de Utah, Lynn B. Jorde y Stephen P. Wooding, señalan que la misma no tiene sustento científico en la genética. La idea de raza, entonces, tiene un enorme componente cultural. El problema de las taxonomías se aproxima así de forma diferente (“hemos dicho que hay X cantidad de razas cuando en realidad no hay ninguna”). En estos términos, Caitlyn Jenner “es” quien es, independientemente de la categoría sexual en la que ha sido insertada por la sociedad al nacer y, por ende, tiene derecho a escoger aquella categoría que mejor responda a su situación personal. La “raza” de Dolezal depende más bien de la cultura y el grupo social donde vive que de sus genes. Ella no tiene una raza que ha sido mal asignada, sino que, más bien, no tiene una raza y debe esperar a ser asignada. Así, que la cultura y el grupo social tengan algo que decir sobre por qué Dolezal no puede escoger un grupo sobre el otro no es algo irrazonable.

Por supuesto, Devoto y Tudela son más que bienvenidos a contestar estos argumentos. Como dije, no soy genetista ni antropólogo. Pero al menos espero que con esta información (que me parece no se dieron el trabajo de buscar) podremos conversar en términos que estarán más basados en hechos que en preconceptos e inclinaciones personales.

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